• Maru Sánchez de Lara

Yo, me miro a mí misma, siendo yo: La capacidad de pensarnos.


Hasta donde sabemos hoy en día, los seres humanos somos la única especie que podemos observarnos, pensarnos y conceptualizarnos. ¿Qué quiero decir con esto? Tenemos una capacidad de abstracción que nos permite vernos como si fuéramos una tercera persona y eso, además, lo hacemos en un proceso de introspección, es decir, no requerimos salir de nuestro cuerpo como si fuéramos un dron sobrevolándonos, con visión panorámica, para tener la capacidad de vernos desde afuera y a distancia.

Esta capacidad de autocontemplación ha dado pie al enorme cúmulo de conocimiento humano. La visión de cada ser con relación a su propia existencia ha permitido prácticamente el desarrollo de todas las ciencias y disciplinas. Las ciencias “exactas” como las matemáticas, la física y la química son formas de conceptualizar y representar el mundo que nos rodea. La biología y la anatomía explican la forma en que los seres vivos estamos integrados, funcionamos orgánicamente y cómo es la especie en medio de todos los reinos (mineral, vegetal y animal). La filosofía, la lógica, la ética son disciplinas que surgen también de esta auto reflexión. Encontrar un sentido, el sentido de ese sentido y los códigos en los que la sobrevivencia de la especie debe darse, es un constructo humano que nos ayuda a entendernos y explicarnos.

La intelectualización de nuestro ser y del entorno en el que estamos insertos como nos ha brindado, en tan sólo unos siglos de desarrollo, caminos hacia el conocimiento –¿explicaciones? - del micro y el macrocosmos. Protones, neutrones y electrones, moléculas, átomos, células, virus, bacterias, insectos, reptiles, ovíparos, mamíferos, el ecosistema y hábitat en que cada uno se incrusta y que trascendemos hasta llegar a la visualización y exploración de planetas, galaxias, universos. En esta capacidad hemos basado la evolución y sobrevivencia de la especie humana.

Además, esta especie curiosa que somos, tiene también interés en las cuestiones místicas, esotéricas y espirituales. Vistas desde el S XXI en el que estamos instalados, las religiones politeístas asociadas a fenómenos naturales como el rayo, el fuego, el viento, la lluvia, la fertilidad de la tierra, etc. parecen conceptualizaciones primitivas de la naturaleza traducidas en pensamiento mágico para que esos antiguos pobladores humanos de la tierra pudieran explicarse el medio ambiente. Con distintos niveles de sofisticación y conocimiento, las medicinas tradicionales combinan el nivel físico y el espiritual. Las diversas culturas, como la tradicional china, las indígenas mesoamericanas y norteamericanas, la india, etc. establecen estos distintos planos del ser que requieren de ser atendidos, sanados, para que el individuo (hombre, mujer o quimera) pueda tener una existencia más plena.

Los planteamientos occidentales han sido menos incluyentes e integradores. En su “evolución” han ido fragmentando al individuo, sus creencias, percepciones y manifestaciones en ciencias y disciplinas, en magias y supersticiones. En la medicina se ha desarrollado la especialidad de la especialidad de la especialidad. La posibilidad de ver al ente entero (así de redundante como puede sonar), no parece una alternativa aún para estas culturas. ¿Será que nos falta un lente que nos permita vernos íntegros? Solemos elegir una creencia y desde ahí analizamos y entendemos nuestra realidad sin tener la capacidad, a veces ni siquiera la apertura de ver desde la mirada del otro. Tan así es la cosa que vivimos instalados en una serie de certezas que sólo sirven como una especie de ladrillo en el que nos subimos para explicar y entender lo que sucede y nos sucede. Desde esa altura nuestra visión es limitada, sin embargo, no dudamos de la lectura que hacemos de “la realidad” que sólo es “nuestra realidad” porque la inseguridad e incertidumbre que nos genera es angustiante. Asumir que cada quién desde su ladrillo alcanza a ver solamente una parte del todo y que la suma de las percepciones no llega a explicar al todo en su totalidad, es un razonamiento agobiante. Necesitamos creencias “absolutas” de las que podamos asirnos porque nuestra fragilidad y vulnerabilidad como especie se fortalece fundada en la creencia de que somos el eslabón más alto de la cadena de evolución.

Bastante triste nuestro papel como seres superiores si no hemos sido capaces de cuidar y proteger los ecosistemas en los que vivimos. Pobre nuestra participación si la bestialidad que nos es propia sigue teniendo manifestaciones de violencia y destructividad que muestran un grado de evolución bastante cuestionable. ¿Seremos realmente capaces, algún día, antes de que el deshielo de los polos y las catástrofes naturales nos barran como a cualquier protozoario, de realmente comprender la verdadera trascendencia de nuestra vida y evolución como seres? ¿Podremos comprender en su integralidad y dimensiones la intrínseca naturaleza humana y los planos que la componen como una unidad? El reto es grande y, desde mi muy humilde y seguramente sesgada perspectiva, tendríamos que empezar por ser capaces de ponernos en los zapatos del otro. Independientemente de los colores, edades, diversidades, creencias y contextos que nos hacen el inacabado ser que somos, siempre tenemos la oportunidad de abrir los sentidos, escuchar la voz del otro sin prejuicio, anteponiendo la intención de encontrar esas características que nos acercan, que nos hacen similares para, a partir de esto, estar dispuestos a comprender las visiones distintas del mundo. Finalmente, yo quiero creer que todos somos hijos de una madre que algún día nos amo como mejor pudo amarnos, todos fuimos unos niños pequeños que experimentamos alegrías y tristezas y todos buscamos, en nuestro mejor entender, la manera de estar mejor. Mi expectativa, mi esperanza incluso es que, si partimos de ahí y somos capaces de ver a ese niño que todos tenemos dentro, estaríamos en una mejor disposición y posibilidad de vincularnos unos con otros. Si nos atrevemos a cuestionar nuestras creencias, a ponerlas en duda, a asumir que las aprendimos en algún momento y que podemos tener nuevas comprensiones del mundo, porque ninguna de todas es la real y única realidad, porque nos somos dueños de la verdad, estaremos en una mejor posibilidad de abrir nuestro ser, nuestra mente y corazón a todo aquello de los otros que los hace ser ellos y a todo eso que a nosotros nos hace ser nosotros.

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